(37) Retiros espirituales
Una carta a mis padres, las vitaminas, 100 páginas y los espejos de los gimnasios
Carta a mis padres sobre qué es el Barrio Europeo, quizá la única zona que no tuvieron ilusión por visitar cuando vinieron de visita a Bruselas. Sé que no se enfadarán si lo cuento.
Papá, mamá, tampoco os perdisteis nada.
He dado esta semana más vueltas de las que me hubiera gustado entre cafés y entrevistas -pero menos ruedas de prensa que otras veces-, lo que me ha permitido ir a sitios a los que no voy y que no son ni el Parlamento Europeo, ni el Consejo, ni la Comisión Europea. El barrio, mi barrio, va más allá de eso. No es tanto una zona, es más bien una forma de vida. La burbuja europea de Bruselas no es una forma de hablar; son ritmos, creencias… hasta una propia fe en que escalar puede ser casi siempre a costa de perder algo. De renunciar a tiempo, a vida social, a aspiraciones menos boyantes pero más gratificantes con la salud mental.
Y, sí, claro. Yo, como periodista, también formo parte de ello. Siempre digo que tengo pie y medio dentro porque, en realidad, soy friki de lo que hago, de la UE -porque quiero ayudar a construir una mejor, aunque de utopías vaya la cosa-. Esta burbuja es la que te pide un retiro espiritual para ordenar las cosas que pasan fuera de ella porque las que pasan dentro escapan de tu control. Papá, mamá, menos mal que no solo no os interesa la burbuja europea ni el barrio, ni tampoco qué UE tiene que formarse para el futuro aunque, a la hora de la verdad, tendría que ser a vosotros a los que más os tendríamos que preguntar en qué Europa queréis. En qué Europa creemos los que estamos dentro ya es evidente, porque no nos cansamos de decirlo con nuestros tecnicismos y, al fin y al cabo, con nuestras utopías.
Por eso la vitamina está en otra Bruselas, por suerte. Está en esos otros retiros -no espirituales, pero sí- en los que las discusiones con amigos son parte del día a día porque todos queremos lo mejor para todos, en una compra banal o en organizar un viaje a Barcelona porque, aunque no lo digamos abiertamente, queremos programar los momentos de escapar. Como si supiéramos que en mayo vamos a estar hasta el gorro de todo lo que pasa a nuestro alrededor. Llámalo vitamina, llámalo dopaje vital. Como si esta convocatoria de AD5 la mejor manera de afrontarla fuera simplemente dejando que llegue: el estoicisimo. ¿Qué puedo controlar? Mis decisiones. Pero no que pulule en torno a mí que nos jugamos la vida. No, no lo hacemos. Llegan los exámenes, las pruebas emocionales o los momentos marcados en el calendario. Y después, ¿qué? Nada. El éxito y el fracaso son efímeros, ya lo siento… para bien o para mal. Dame tiempo de calidad, dame pequeñas victorias; en el fondo, querer salir en los libros de Historia -la que sea- está sobrevalorado.
¿En qué me he fijado de verdad esta semana? En el espejo del gimnasio. Alguna foto me hago, no lo niego; porque como me enseñó Laura a través de un vídeo en redes sociales, no queremos hacer deporte, queremos vernos fit. Y si es en los espejos mejor; maldito ego. Y que levante la mano el que se haya negado a mirarse una y otra vez en ellos, sobre todo si esa sensación es positiva. Nunca sobra un autoelogio, aunque ahora, por sistema, tenga que ir acompañado de compartirlo en Instagram. De nuevo, culpable.
Hacer mundo me ha parecido una exquisitez porque es la utopía que todos tenemos. La que todos queremos. De la que todos deseamos formar parte o incluso fabricarla, por qué no. Carlos quiere lo común, pero no como una manera de hablar, sino de hacer. Es bien diferente. En esas líneas hay una voluntad de detener el tiempo, de pensar despacio, como si cada frase quisiera abrir un espacio donde la experiencia pudiera asentarse y cobrar sentido; como si la ideología, en realidad, fuera más allá de izquierda, derecha, del socialismo o del anarquismo que a veces nos habita. Habla de paz, pero no de paz en sentido amplio y literario, sino de paz de forma que todo sea para todos, y de verdad, no de boquilla.
En realidad, pocas páginas son, pero todas responden a algo tan simple como complejo de conseguir: qué mundo quiero para los que hoy son niños, para los que estarán cuando yo no esté. Por eso explora la relación entre pensamiento y vida, entre acción y responsabilidad. No se trata solo de comprender la realidad, sino de asumir que participar en ella implica transformarla, incluso en sus dimensiones más mínimas. El texto deja la impresión de que “hacer mundo” es, en el fondo, un acto de cuidado: una manera de estar atentos a lo que somos con otros, y a lo que, casi sin notarlo, vamos dejando a nuestro paso.
La clave europea de la semana
Los países de la UE han alcanzado un acuerdo para el marco legal a través del cual se entregarán 90.000 millones de euros de ayuda a Ucrania con cargo al presupuesto comunitario, es decir, con una nueva emisión de deuda conjunta -como se hizo por ejemplo durante la pandemia de Covid-. El pacto lo han alcanzado los embajadores de los gobiernos en Bruselas, pero es un acuerdo a 24 socios, pues se quedan fuera Hungría, Eslovaquia y la República Checa; 60.000 millones se destinarán a material militar con prioridad para la producción europea. Los otros 30.000 millones se podrán destinar a cuestiones financieras o humanitarias.
“El préstamo de apoyo a Ucrania ayudará a este país a hacer frente a sus necesidades urgentes de financiación mientras Rusia continúa su guerra de agresión. Con ese fin, se destinará específicamente a apoyar el presupuesto general y las necesidades de defensa de Ucrania”, explica el comunicado del Consejo. Esta se convirtió hace un par de meses en la vía predilecta de los 27 ante la imposibilidad de alcanzar esos 90.000 millones para 2026 y 2027 a partir de los activos rusos congelados en territorio de la Unión; ahora falta que el Parlamento Europeo dé el visto bueno -algo que podrá hacer en el pleno de febrero- y la idea es que Kiev reciba la primera partida a finales de marzo a más tardar.
Eso sí, el mensaje de la UE es claro y tiene un dardo a Estados Unidos. En principio, los productos de defensa solo deben adquirirse a empresas de la UE, Ucrania o países del Espacio Económico Europeo (Noruega, por poner un ejemplo). Solo en caso de que por esa vía no se pudiera surtir a Kiev, entonces se podría recurrir a un tercer país. Hay socios externos que, si quisieran, se podrían sumar a esta iniciativa, recuerdan en Bruselas, pero solo por dos vías.
Por un lado, los países que han celebrado un acuerdo bilateral con la Unión en virtud del Reglamento SAFE, el instrumento financiero de la UE para ayudar a los Estados miembros a invertir en defensa. “La asociación debería establecerse en un acto delegado para cada uno de esos terceros países, en el que también se detallarían los productos que podrían adquirirse a la industria de ese país“, explica el Consejo. O bien, por otra parte, países que han celebrado una asociación en materia de seguridad y defensa con la UE y que ya están prestando apoyo en este sentido a Ucrania.
La división de la ayuda también está clara, insisten en Bruselas. Se proporcionarán 30.000 millones de euros en concepto de ayuda macroeconómica a Ucrania, que se canalizará a través de la ayuda macrofinanciera o se ejecutará mediante el Mecanismo para Ucrania, el instrumento específico de la UE destinado a proporcionar a Kiev “una ayuda financiera estable y previsible”.Y por otra parte, se destinarán 60 000 millones de euros a apoyar la capacidad de Ucrania para invertir en capacidades industriales de defensa y adquirir equipo militar. “La financiación proporcionará a Ucrania un acceso crucial y oportuno a productos de defensa tanto de la industria de defensa ucraniana como de la de la Unión”, concluyen en el Consejo.



